Mujer

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FiCCIÓN – mayo 2009 –

De pie junto al semáforo esperaba impaciente que este cambiara de tono para poder atravesar la gran avenida que se interponía en el camino que debía seguir. Miraba insistentemente la luz contraria, para adivinar el momento en que cambiaría ese ardiente rojo, ese que impedía su paso, que frenaba sus expectativas, que detenía el tiempo y la inmovilizaba a pesar de no tener ningún impedimento físico. Era una fuerza superior que se introducía en su sistema motor ordenándole la detención de todos sus moviemientos. Había una amenaza potente, se sentía, estaba en todas partes, sino se detenía podía morir. No sabía ni cómo, ni por qué, pero siempre lo había sabido. Esa luz roja era su refugio ante una posible separación entre su alma y su cuerpo.

Sucumbida en sus pensamientos olvido el color de la luz, el ajetreo de la gente moviéndose a su alrededor la hizo volver en si. El momento en que todos se detienen había terminado para volver a dar vida al movimiento, encabezado por esa potente luz esperanzadora que le mostraba el camino. Recordó el cuento que le contaba su padre en la infancia, de la luz que se ve al final de la muerte, esa que debes evitar seguir si lo que quieres es seguir viviendo. La contradicción no dejó de sorprenderla pero intentando esquivar al señor de maletín negro que caminaba delante de ella tuvo que dejar ir esos pensamientos, haciéndolos libres, olvidándolos.

Venía cansada, la panti que cubría sus robustas piernas se había roto en la ajetreada noche. Había intentado cubrir el agujero con barniz, a falta de transparente intento cubrirlo con un color turquesa tornasol, que no sólo no había cubierto el jirón de sus calzas, sino que habían pintado un moretón turquesa sobre sus piernas, haciendo fijar la atención en los pelos gruesos recién salientes que se asomaban por la imperfección recién creada.  El contraste de la gente que se despertaba a trabajar creaban una imagen de oposiciones magnifica, digna de un cuadro de Majiek. Nunca había sido buena para trasnochar, pero la falta de un buen trabajo con decentes ganancias de día, la hacían tomar el turno nocturno, convirtiéndola en un oso, que luego invernaba al salir el sol.

Llegó a su cueva anhelando el sueño tan esquivado durante las últimas horas. Su interior lloraba como al bebe que le quitan la mamadera y que lo obligan a esperar las cuatro horas para volver a beber, cuando desde hacía horas que el hambre le hace rugir las tripas. Pero la madre amenazante, su propia protectora se la quita, creando en el niño un sentimiento turbador que crecerá en su inconsciente hasta brotar en la adolescencia, etapa de su vida en que se vengará implacablemente de todas las veces que le quitaron el biberón, dejándolo llorar, debido a la falta de lenguaje en sus capacidades neonatales.

Se sentó en frente del tocador y comenzó a desmaquillarse. Tomando una toalla exfoliante se sacaba los grumos de polvo que había sobre sus mejillas, su frente, su  cuello, e incluso el inicio de su pecho. Tiró el utensilio vacante sobre el papelero, repitiendo la tarea una vez más, meticulosamente, para que su piel pudiera respirar con sanidad por sus poros. Que no se sintiera ahogada como ella, cuando no sentía la libertad de respirar como cualquier mortal. Tomando una tercera toalla la pasó por sus ojos con un movimiento ascendente y descendente intentando quitar el rimel de sus pestañas. El resultado era entre gracioso y grotesco, quedándole unas ojeras negras, al mover el producto desde sus pestañas hacia sus mejillas, convirtiéndola en un segundo en una mujer de avanzada edad y rostro marchito. Pero rápidamente corría el rimel depositado, sacando todo el negro ficticio de su cara. Y así continuo próvidamente sacándose todo el maquillaje, la línea negra que bordeaba sus ojos. La línea burdeo que bordeaba sus labios, sumado al lila que rellenaba la superficie que rodeaba sus dientes, que si bien ya lo dije una vez, y lo escrito no lo puedo negar, ni borrar, creo que sería demasiado generoso nombrarles labios. Ya que su delgadez ansiaban mucho de ser una boca semejante a la frambuesa, a la frutilla o a cualquier metáfora imaginable. Creo que se podría decir boca de tallarín, sumando que la pigmentación natural de ésta dejaba mucho que desear.

Una vez que su rostro estaba completamente desmaquillado, lo hidrató con una crema que le había recomendado la vecina para la sequedad del bigote y la pera. Luego se desvistió íntegramente, se sacó las pantys, la falda y el blusón semitransparente que llevaba sobre el torso. Desabrocho su brasier, con cierta dificultad, yéndose junto a él la protuberancia de sus pechos, cuanto envidiaba a las mujeres con grandes senos que no necesitaban de rellenos para verse mujer.

Por última vez, se miró al espejo, su rostro de fiesta se había esfumando dando paso a la realidad desmaquillada que se reflejaba. Era su rostro, pero se veía tan distinto. Se sacó las horquillas dejando caer la barata peluca sobre el suelo, y se vio de cuerpo completo. Ya no había glamour, era un hombre solo en su habitación, con el rostro cansado. Quería apagar la luz, pero no podía, cerró las cortinas, sin lograr nada, cerró los ojos e intento invernar por una temporada diurna más, para que luego la luz del día junto al maquillaje volverían a darle glamour.

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