Orgasmo

orgasmo

Estaba en un bar con un hombre que no conocía. Era la primera cita. No recuerdo muy bien como era él, pero era muy sexy, algo parecido a Christian Grey. El mozo nos trajo algo para comer, un aperitivo y copas con champaña. De la nada comenzó a tocarme por debajo de la mesa. Por arriba del mantel todo era como cualquier pareja en un restaurante. Los platos a medio comer, la copa con un poco de roush y ambos ahí sentados, quizás un poco ausentes. De la cintura para abajo el mundo era diferente, mis muslos tiritaban nerviosos ante los toqueteos sutiles que él hacía. Poco a poco dejaron de ser insinuaciones, estaba tocando toda mi intimidad, ¡sin ningún descaro! ¡sin preguntar! Yo no me resistí.

El orgasmo surgió pausadamente, tomando cada vez más ritmo, la gente circulaba, el mozo me preguntó algo, asentí. Si bien no grité porque me encontraba en un lugar público, no era mucho lo que me podía contener. Gemí, me moví y levanté la mirada dejando caer mi cabeza hacia atrás, él no dejó de mover su mano en mi entrepierna, era un artista, mientras más me movía, más presionaba, al terminar, me miró fijamente y cedió la presión.

Me vi desde arriba, como en una película, mi pelo negro como el carbón se movía de un lado a otro, mi cuerpo se retorcía, la luz era tenue, la gente seguía conversando mientras yo me contorsionaba descaradamente al ritmo que un extraño me tocaba.

Miré hacia la derecha, un jarro de limonada, unas pastillas que me dio el doctor, un inhalador de agua con sal, gotas para los ojos, blistick, y varios pañuelos usados repartidos sobre el velador.

Voltee la cara, en la izquierda, mi pareja de hace diez años, aún dormido, medio desnudo. Demasiados días en cama, ¡me estaba volviendo loca! La gripe no se iba , llevaba una semana sin sexo y mis sueños no me lo estaban haciendo más fácil.

Me toqué y me di cuenta que estaba mojada, algo tenía que hacer. No podía hacer oídos sordos. Era de vida o muerte tenía que escucharme.

Mi nariz goteaba mocos , respiraba por un sólo lado, además si lo contagiaba me mataba, no se me venía fácil la cosa. Fui al baño, para darme de frente con la realidad, no calentaba ni a un chimpancé. Dos trenzas indefinibles con aspecto de rastas, el pijama matado de polar con la minnie al frente sosteniendo un corazón, y los mocos, malditos mocos, no me dejaban en paz.

Escupí en el lavatorio y me despejé un poco, un par de puff en la garganta seguidos de la sonada más larga de la historia. De haber estado en una orquesta hubiera sido la trompeta principal.

Una vez solucionado el tema del resfrío vino el aseo rápido pachuli de emergencia. Un poco de pinza donde fuera necesario, una buena lavada de dientes y un poco de agua en las partes intimas. -Si no te vas a bañar, por lo menos lávate las partes intimas- me gritaba mi mamá, cuando era cabra chica.

Lista, me sentía como nueva.

No había tiempo que perder, no podía seguir resfriándome y si me demoraba, los mocos iban a volver a llenar mi nariz. Tomé mi kit de emergencia para sexo resfriada y me saqué el pijama.

El kit lo inventé en ese mismo momento, contenía: un jabón gel de glicerina , una mascarilla y el rollo de papel confort.

Él parecía haber intuido todo, porque apenas me acosté empezó a tocarme. Cada cierto rato paraba a toser o a sonarme. La mascarilla duró los primeros 5 minutos y luego me la saqué. No había forma que me sintiera sexy, traté jugando al doctor, a la enfermera, nada. Tener sexo con mascarilla no es sexy ¡así de simple!

De pronto, deja vu, el hombre del restaurante, estaba en ese mismo minuto, a segundos del clímax, ¡nooooo mi nariz se estaba tapando! ¡No iba lograrlo! Tuve que parar a sonarme, pero no me di por vencida, volvimos a empezar las veces que fueron necesarias. Y ahí, cuando la esperanza ya se estaba perdiendo, en el quinto intento, se despejó mi nariz, dando paso al bendito orgasmo, con todo su esplendor, con su ruido, con su movimiento, con su grito. Todo lo reprimido en el restaurante tomaba vida en mi cama. La realidad le había ganado a la ficción. Yo y mi pareja yacíamos sonriendo junto a mi garganta resentida.

Miré hacia la derecha y de vuelta al rito; un poco de propóleo, un puff, y un día más en cama.

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