La bendición de cuidar a otros

 

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Todos hemos colapsado por cuidar a otros, especialmente las mujeres que en la mayoría de los casos solemos acaparar este rol. Benditos los hombres que también lo han vivido. Porque por mucho que aleguemos cuando nos preguntan ¿quieres ayuda? altiro contestamos, “no te preocupes tengo todo bajo control”

 

A través de las terapias que realizo veo como factor denominador como nos quejamos una y otra vez por tener que cuidar a otros. Escucho varias veces a la semana ya vendrán tiempos mejores”. Sin importar cuanto nos costo tener hijos siempre llega un momento en el que nos encantaría “ser libres de nuevo”, poder ser egoístas, no tener que pensar en nadie, quedarnos en la cama, aunque sea una hora más.

 

Cuando nos toca cuidar a algún enfermo, en la mayoría de los casos a nuestros padres, no dejamos de quejarnos de los momentos dolorosos que estamos viviendo, y de cómo esa situación limita nuestras vidas.

 

No hay duda, cuidar a otros ya sea por gusto, por necesidad o por obligación, limita nuestra libertad, o lo que entendemos por ella. Sin importar, si a quien cuidamos tiene 5, 30 u 80 años, si esa persona depende de nosotros, nos sentimos limitados. No nos podemos ir, no podemos decidir viajar, no podemos hacer lo que nos plazca.

 

Y peor aun, mientras más tenemos que cuidar a alguien más grandes son nuestros anhelos de libertad. “ Y yo justo que me quería ir a la India y se tenía que enfermar mi mamá”, “desde que tuve hijos nunca más pude viajar”, y así suma y sigue.

 

Durante la historia de la humanidad siempre los humanos han cuidado de otros, de la misma manera los animales cuidan de los suyos, las tribus de sus miembros y en especial las familias de sus integrantes.

 

Pero ¿por qué hoy nos sentimos tan ahogados al hacer algo que es tan natural? Como acompañar a otros en sus primeros o últimos años de vida, o más difícil aún, cuando nos toca cuidar a alguien por periodos largos o cuando sufren alguna enfermedad.

 

La respuesta a esta pregunta está en la limitación de nuestros sentidos y en la poca conciencia en la que vivimos.

 

Todos hemos sentido alguna vez la paz en nuestro interior. Todos nos hemos sentido emocionados por la inmensidad de un momento, por el silencio de una montaña, por la alegría de otro; todos hemos sentido alguna vez el dolor de otra persona o la ira que lleva dentro.

 

¿Pero alguna vez hemos parado a pensar porque pasa eso?

 

No hay ninguna religión, filosofía o rama espiritual que en algún momento de su doctrina no hable de la totalidad. El Big Bang habla de cómo todos fuimos uno en algún momento y tras su explosión todo se dividió. La física habla de cómo somos millones de átomos vibrantes en movimiento y en constante conexión con todo. En la más profunda intuición muchos de nosotros sabemos que venimos de un espacio de totalidad, pasamos por la vida y luego volvemos a ese espacio.

 

Pero mientras estamos acá, con la posibilidad de vivir, de descubrir, de mirar de sentir, se nos olvida de donde venimos. A los pocos años de nacer nos encontramos con este “ego” maravilloso al que llamamos yo y salir de ahí pucha que cuesta.

 

Pero que pasa si paramos un momento y volvemos a mirarnos. Si detenemos el mundo por un rato, por una hora, y decidimos entrar en plena conexión.

 

Es ahí, en el momento en que entendemos que todos somos uno, donde desparece la sensación de ahogo.

 

Comprendemos que a quien cuidamos es en parte, parte de nosotros mismos. Que su destino , es nuestro destino, que lo que estamos viviendo es el viaje que teníamos que hacer. Que donde estamos es donde realmente podemos movilizarnos y aprender, más que en ningún viaje físico. Y que la experiencia presente es completamente enriquecedora si decidimos mirarla así.

 

Pero mientras toda nuestra atención esté en ese paisaje maravilloso en el que nos gustaría estar, nos perdemos lo que estamos viviendo. Nos perderemos de percibir la paciencia que vamos desarrollando, la telepatía que desplegamos con quien cuidamos, la profunda conexión que hay entre dos almas, la belleza de una mirada, de un logro. Y lo más importante el real viaje espiritual que estamos haciendo.

 

Cuidar a otro y entregarse por completo a él o a ellos, es la oportunidad más maravillosa de sentir empíricamente la fusión del ser. Es un regalo para vivenciar que todos somos uno. Es una bendición para salir del yo y entrar en el nosotros. Cuidar a otros es la esperanza de este planeta, porque a través de su acción el hombre se encuentra consigo mismo, con sus defectos más grandes, con sus propios gritos y perdidas de paciencia, y es ahí, debido al amor, que el ser crece, se recompone, vuelve a empezar y nace al día siguiente como un ser un poco mejor.

 

Foto: tomada de Alicia Baladan     

 

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